sábado, 8 de abril de 2017

Los comensales de Felicia Granados

La llamarada se extendía voraz por los rincones abrasando todo a su paso. Era un fuego implacable y ciego que se desparramaba sin preguntar, parecía un nubarrón fugaz que explotaba dejando todo muerto y un silencio fatal. De nada servía correr mientras la candela se abría paso, lo mejor era quedarse inmóvil y esperar que la muerte llegara lo antes posible.

La técnica recién desarrollada por Felicia Granados era simple: con la mano izquierda levantaba el encendedor a la altura de sus ojos, y detrás de este, empuñaba en la derecha el insecticida en aerosol. Cada disparo era un chorro de fuego que dejaba a las cucarachas fulminadas. A veces alguna quedaba con vida, con las patas arriba trepidantes, suplicando una llamarada más, que acabara con el martirio. Felicia entonces, las dejaba agonizar unos segundos para luego limpiarlas vivas o muertas con el trapo amarillo de la cocina que luego sacudía en la basura. Se regocijaba al verlas morir incineradas, asfixiadas por el embate ineluctable de su lanzallamas artesanal.
Ilustración: Nicolás Cuervo. Colorización: Carolina González.

Felicia disfrutaba mucho su tiempo en la cocina, preparaba un cocido por aquí, agregaba un aderezo por allá. Horneaba una tortilla o guisaba una pierna de pollo. Hacía años ya, que las cucarachas eran una visita frecuente en la primavera y el verano. A principios de septiembre empezaban a reptar en los rincones del mesón cerámico pequeñas cucarachitas del tamaño de un arroz, que iban creciendo con el pasar de las semanas para ser, en el final de febrero, gigantes monstruos oblongos que se acercaban en porte a un ratón pequeño. Para Felicia la cocina era un templo, por eso las había combatido con todas las armas, desde ácido bórico, pasando por veneno en gel, hasta los más caros insecticidas del mercado; es por eso que el fuego, aunque no las aniquilara de raíz, le producía tanta satisfacción y sevicia.

Con un libro de recetas y una bolsa llena de recortes y folletines gastronómicos que recolectaba de las revistas, Felicia se pasaba las horas cocinando para Rodolfo, su esposo. Casi nunca los visitaban, así que Felicia se conformaba con darle a él sus más esmeradas preparaciones. Las visitas habían dejado de ser frecuentes justamente porque la comida que preparaba Felicia, a nadie le gustaba. La última que había resistido era Matilde, su hermana, que luego de una terrible gallina cocida, se había rendido y llevaba casi un año sin asistir a las cenas que en vano, ofrecía Felicia orgullosa de sus preparaciones.

Rodolfo también pasaba los días urdiendo excusas para salir de casa antes de que su mujer sirviera el desayuno, y para no llegar antes de la cena. Sin embargo no podía evitar que Felicia, muy hacendosa, le empacara su almuerzo en una cajita plástica. Al principio Rodolfo repartía el atado entre sus compañeros del trabajo, pero poco a poco había ido perdiendo su amistad. Luego lo dejaba junto a la casa de Betún, un perro callejero adoptado por la gente del barrio, pero luego de un tiempo, cuando Betún lo escuchaba llamarlo, siempre fingía estar dormido. Pese a todas sus artimañas, Rodolfo algunas veces, especialmente los fines de semana, no podía burlar el destino y se veía sometido a tragar con esfuerzo sobrehumano, y ocultando momentáneas arcadas de vómito, las obras gastronómicas de su esposa. Por esta especial razón, Rodolfo vivía profundamente infeliz. La familia decía muy acertadamente, que Felicia y Rodolfo hacían una muy buena pareja, pues ella era la única persona en el mundo capaz de creer las mentiras de Rodolfo, y Rodolfo, era el único en el mundo capaz de tragar las comidas de Felicia. Así discurrían cotidianamente sus vidas.

Un buen día, así como así, Rodolfo no volvió más.

Esa tarde Felicia Granados había pasado varias horas experimentando una nueva receta de hamburguesas a base de zanahoria y calabaza con huevos cocidos. Cuando la preparación estuvo lista, se sentó en la sala a mirar por la ventana y a esperar la llegada de su esposo. De vez en cuando se acercaba a la cocina para espantar algunas cucarachitas que caminaban por el mesón, a lanzar una llamarada y pasar el trapo.

Felicia sólo empezó a inquietarse cuando el cielo cambió a naranja, después a púrpura y a azul oscuro. Rodolfo no aparecía y las hamburguesas se enfriaban en la cocina. Felicia se acercó varias veces a espantar a las intrusas para que la cena de Rodolfo fuera inmaculada, pero después de un rato, se quedó dormida viendo una novela en la televisión.

A las cuatro de la mañana despertó sobresaltada por algún mal sueño, Rodolfo no había regresado y ahora su comida estaba cubierta por un manto efervescente de cucarachas pequeñas. Felicia corrió a buscar el aerosol mientras escarbaba frenéticamente el bolsillo de su delantal para encontrar el encendedor. Cuando preparaba el disparo se detuvo a pensar. Rodolfo no había regresado y no iba a regresar jamás.

Felicia las miró pulular sobre el plato por un momento. Respiró, pisó el pedal que abría la tapa de la caneca y dejó caer el insecticida dentro. Caminando serena se dirigió a su habitación para dejar comer a sus únicas comensales, y para pensar en la receta que les prepararía el día siguiente.


Nicolás Cuervo.

miércoles, 5 de abril de 2017

Los perros del mugre

En Perros encontré sordidez y silencio.
Las paredes mohosas y corroídas de la cárcel, son el entorno constante de una historia que con ayuda de Gerardo Pinzón y Herbert Pinto, se inventó Harold Trompetero para construir la que es hasta ahora, su película más cruda: Perros, El drama de un personaje solo y arrinconado.

El bipolar.
Trompetero es un tipo que se ríe a carcajadas duras y estrepitosas, que retumban en los espacios que habita. Desde lejos se puede saber cuando anda por ahí. Con su cine pasa lo mismo, sus películas no pasan de agache y siempre hay algo que rasguña desde la pantalla hasta hacerse escuchar por una u otra razón. Es usual pensar en el cine de Trompetero como un cine cómico y popular, cine de veinticinco de diciembre, ligero, elemental. Incluso el término comedia barata aparece con cierta frecuencia entre los apelativos empleados por la crítica para hablar de sus películas. Por un lado este bogotano está habituado a eso, y por otro lado, el director y guionista cuenta con dos facetas tan distantes como legítimas: un Trompetero que hace comedias familiares de éxito taquillero, y otro que hurga por dentro de personajes abandonados, que viven raspando los extramuros de la cordura. Trompetero dice entre carcajadas que es “el bipolar del cine colombiano”, que tiene doble personalidad igual que sus historias. Con unas busca entretener a miles de colombianos clase media, con las otras intenta estremecer a otros cuantos que se le miden a enfrentar universos de desconsuelo, porque este drama no tiene un final feliz.

La perrera de la sordidez.
Perros inicia con la reclusión de Misael (Jhon Leguízamo) en el penal de un pueblo de Colombia, trae un homicidio sobre los hombros y la sensación de sangre todavía entre las manos. Es un tipo silencioso que se estrella de frente con la frialdad de la cárcel; por sus habitantes, por sus baldosas heladas, por las botas punteras de los guardias masajeándole la piel de la cara. Es una historia cruda y pausada, que lleva el ritmo cadencioso de la vida en el encierro, con sus tiempos muertos, con sus movimientos cautos de perro desconfiado y sus silencios estremecedores.

Cuando empecé a descubrir en la pantalla esa perrera infecta que es la prisión, no pude evitar pensar en Locos, el último drama que dirigió Harold Trompetero hace 6 años, justo antes de abandonarse a un largo periodo de comedia familiar, mientras también estudiaba la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional, y desarrollaba la investigación de esta historia visceral. A la larga, Locos y Perros son dos relatos de amor frustrado: en la primera un hombre se enamora de una mujer demente y la ama con uñas y dientes hasta perder la cordura. En esta última, Misael encuentra el amor en “Sarna” una perra chandosa que también está allí atrapada, la única capaz de darle calor en las noches frías del penal. El encierro, los personajes perturbados, el silencio y la sordidez, componen la unidad estética que se convierte en el sello ya visible de Trompetero para su lado dramático, para él Perros surge como una consecuencia inevitable de Locos.  

Con una fotografía de detalles repulsivos y baja saturación, que nos recuerda que en la cárcel no hay matices alegres ni momentos cálidos, Perros es una película que gruñe, que pela el colmillo y que ladra a los espectadores. La música incidental y el sonido directo están allí para acentuar el sofoco y generar incomodidad en el espacio. Al fondo escuchamos las rejas de las celdas chirriar de vez en cuando, sentimos de cerca los lamidos babosos de Sarna, la perra que acompaña a Misael en su soledad; y los largos periodos sin diálogo confirman el aislamiento de cada uno de los personajes que malviven pudriéndose en la perrera.   

Animales que muerden con puñal.
En la cárcel se negocia con plata. Cuando no hay, cualquier prenda sirve como moneda de turno: los zapatos, una cobija para la noche helada, en últimas poder llamar por celular un minuto a casa, justifica arrancarse un diente de oro con un alicate para cerrar el trato. Ramiro Meneses encarna con firmeza un personaje rudo y hostil que ronda entre esos muros y tal como en las manadas de perros callejeros, cuando algo se sale de su cauce, se ven los colmillos clavándose en el cuero sin contemplaciones. La crudeza de la sangre oscura y espesa en las pieles hace que la película avance con un ritmo pausado pero amenazante, como cuando los perros levantan un labio y enseñan los colmillos desde lejos.

Desde la celda, Misael se aferra al recuerdo de su hijo y su mujer (María Nela Sinisterra); y la boca espumeante de la prisión cada vez lo agarra con más rabia. Poco a poco se va quedando solo, su hijo lo olvida, se lo van tragando las rejas sin piedad, y el Sargento Cáceres (Álvaro Rodríguez), comandante de la guardia del penal, empieza un acercamiento que lo arrincona por completo: el perro más fuerte del lugar quiere darle una mordida de dominación y rudo amor homosexual.

Sumergido en ese clima de oscuridad y ante el olvido ineluctable, Misael aprende a defenderse a dentelladas como los perros, a punta de puñaladas y movimientos desafiantes, demostrando que también es un chandoso. Hace tiempo, mientras veía un par de perros callejeros copular junto a una esquina, me preguntaba cómo funciona el romance entre los caninos: en efecto no les interesa cuál es el sexo cuando se trata de amar con pasión. La escena de acercamiento entre Cáceres y Misael (que arrancó alteradas exclamaciones de algunos espectadores en la sala), no es más que el encuentro entre un par de animales solitarios que ya no volverán a ver la luz ni a sentir el amor.


El miedo del perro callejero es el que reina en la cárcel. La sordidez del espacio y de los personajes, es el putrefacto caldo de cultivo de esta historia que muestra sin frenos la rabia y la dureza del amor en el encierro. Misael jamás volvió a salir de allí.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Hidden Figures: No hay que temer a la crueldad



(Publicado en la revista The End Mag. Febrero 1 de 2017) 
  • Una película negra que no es cine negro

Esto es lo primero, lector: Hidden Figures es una película gringa en todo el sentido de la palabra. Katherine Johnson, un personaje vulnerable (nadie más vulnerable que una mujer negra en la Norteamérica de los años 60), enfrenta varios retos para llegar a su destino, un destino que sabemos de antemano.


La película habla de 3 mujeres y habla de la lucha racial para superar la opresión que parece derrotarlas en un mundo hecho sólo para hombres blancos. Sin ser una película de superación personal, nos recuerda a Joy y a The Help: mujeres que enfrentan valerosamente unas circunstancias desfavorables y finalmente triunfan por encima de todo. Aquí, Katherine Johnson es un personaje aplastado por su contexto, que alberga un gran potencial encerrado por los límites que le impone la sociedad norteamericana.


  • Dos carreras a muerte:

Empezamos con un flashback paradigmático de una pequeña niña negra que sólo piensa en cifras y cálculos geométricos. Desde muy temprano, la película nos revela indicios evidentes de los problemas que vienen en adelante. Theodore Melfi, su director, podría conducir al conflicto de manera más atractiva. Con esto, hace que los primeros minutos no carguen inmensa tensión, aún no se ha generado identificación con el personaje que enfrenta un duro momento histórico. No se puede evitar pensar en la figura de El patito feo, o incluso de nuestra Betty, a quien nos recuerda con el Leitmotiv de una mujer despreciada y tímida, que siempre acomoda las gafas en su lugar tras haber dicho una frase inteligente.


Entre tanto, hay dos líneas que corren paralelas a lo largo de toda la historia: La lucha femenina y racial por la igualdad con el hombre blanco, y la carrera espacial, en que Estados Unidos y Rusia pugnan por llegar a las estrellas en medio de la guerra fría. En una escena pintoresca y heróica, se parodia la clásica imagen de los astronautas saliendo en cámara lenta de la estación espacial, mediante una escena coral que parecería de Almodóvar: varias mujeres caminando seguras con sus faldas coloridas, que reivindican a su raza y su feminidad.


  • La ligereza en la implacable fórmula gringa:

A pesar de centrarse en una temática tan seria y dolorosa, la película tiene algunos toques de humor, especialmente en su primera mitad. En repetidas ocasiones se caricaturiza al personaje, así vemos que tiene dos dimensiones: la mujer negra y valiosa vejada por el mundo, y la torpe y divertida viuda que aligera la trama. El montaje y la cinematografía son limpios, casi impecables, conducen al espectador sin sobresaltos a lo largo de una historia que se afloja sólo en un par de momentos.


En la estructura clásica, que vemos repetirse una y otra vez en la cinematografía comercial gringa, encontramos siempre un personaje vulnerable que inicia un camino para hacerse fuerte. En su trasegar encuentra al mentor, su jefe Al Harrison, un Kevin Costner maduro que se muestra como la figura de autoridad y guía profesional para Katherine. Su actuación es sólida y en su punto, un tipo frío que mantiene dominado a su séquito de trabajadores, pero que más adelante revela su humanidad sin necesidad de forzarla. También están allí las amigas de Katherine, que hacen las veces de acompañantes caminando junto al personaje principal hasta las últimas circunstancias para lograr su meta.


En este esquema, existen pistas que nos revelan sin dificultad lo que viene, como aquel sacerdote que menciona al Coronel Jim Johnson y a Katherine en medio de la misa y acto seguido se enamoran perdidamente. Con esto, la película nos hace entender que su público es tan amplio como pueda serlo, lo que llamaríamos un público universal. “¿Target?” preguntó la asistente, “Tan basto como sea posible” respondió Theodore Melfi con el bolígrafo en la mano “Todo aquel que sin pretensiones temáticas, busque ver una película ligera, emocionante y emotiva”.


El ritmo es dinámico; cuando el montajista siente que la cadencia se hace lenta, aplica un cambio repentino con la música o la velocidad de los cortes. No puede darse lujos sabiendo que su público no está habituado a los silencios, a las esperas o a las tensiones generadas por planos largos en que el personaje se detiene a sentir. Con películas como esta, notamos de forma evidente, la diferencia rítmica entre el cine europeo y el cine norteamericano.


Me descubro hablando casi exclusivamente de la trama y el guión, esto se debe a que en términos de fotografía y arte, la película no tiene una propuesta deslumbrante pero sí bastante limpia y digna de un director que viene de la rígida escuela de la producción. Puedo afirmar que desde el principio, Melfi se aseguró de que no se escatimaría un centavo para llevar el filme a una factura casi immaculada. Su equipo se encarga de contar la historia, sin dejar de lado el delicado desarrollo visual que requiere hacer una película de astronautas en el año 2016.


Pese a que faltando 20 minutos para el final de la película, aparece la caótica escena de la redención, sabemos desde siempre que este relato no puede terminar mal. Esto no quiere decir que la fórmula gringa no surta efecto: aún así queremos conocer la resolución de la historia. Definitivamente la película mantiene la tensión hasta el final, en Holliwood están perfectamente entrenados para eso.


  • Una historia que permite un tono más crudo

El entorno de la guerra fría y la lucha por alcanzar el espacio, es el contexto perfecto para generar una atmósfera insoportable y pesada que haría de la película una obra absolutamente más fuerte. Tiendo a preferir películas que revelan lados más oscuros y despiadados del alma humana, momentos más tensos y abrumadores. Si la atmósfera de la guerra, matizada por la segregación racial fueran un fantasma que rondara más amenazante la historia generando incomodidad constante; estaríamos atornillados a las sillas, queriendo escapar pero deseando conocer lo que viene. Así es que se disfruta en el cine, con una pizca de dolor en las sienes.


El conflicto del desprecio racial, también pudo ser más crudo. Es decir, mostrar de una manera más descarnada y real las condiciones de la población negra de la época. Sin delicadeza, sin contemplaciones. No hablo de violencia gráfica, pero no hay duda de que cabrían algunos momentos más furiosos para dar dinámica a los personajes. Siempre se debe hacer estremecer al espectador ¿no?. Ni la vida ni el cine son color de rosa.
Como equipo, las tres mujeres negras parecen fuertes por momentos. Sin embargo, yo quisiera ver un personaje desolado, devastado en un momento de vulnerabilidad. Quisiera que me hurgaran el nervio con el dedo, y que Katherine comiera más polvo para que su resurgimiento fuera más poderoso. Hace tiempo leí algo en alguna parte: Si quieres tener una historia interesante, sé el más despiadado con tus personajes. La música es un elemento que también aligera el relato, hay varias escenas que cambiarían dramáticamente con sólo modificar la música o dejar que el sonido directo hiciera su trabajo: la lluvia, el eco en los pasillos desolados, los silencios dolorosos. En un punto, la película cae en un bache en que durante varios minutos sólamente asistimos a los triunfos que las tres mujeres negras van consiguiendo progresivamente. Sin problemas, sin dolor.

En el cine se deben contar historias en las que el espectador no encuentre salidas posibles a las trampas en que caen los personajes, se debe generar angustia, preocupación. Los guionistas deben escribir conflictos que en primera instancia, ni ellos mismos sepan resolver. Por supuesto, esta historia está basada en un el libro biográfico de Margot Lee Shetterly, pero desde el cine tenemos la facultad de decidir cómo lo contamos y hasta dónde tocamos cada fibra nerviosa de nuestra audiencia. La segunda mitad de la película muestra algunos momentos de más intensidad y crudeza, pero ya es tarde y nos hemos resignado a una historia impecable y muy bien contada, pero bastante tierna y un poco melosa.

Tráiler:


lunes, 5 de diciembre de 2016

Monte

A Roland Jeangros. El sueño había sido recurrente. Cada vez que cerraba los ojos regresaban las mismas imágenes vívidas: Se levantaba de la silla de madera y miraba el entorno. La camisa de cuadros bien metida dentro del pantalón de pana marrón, salía de aquel lugar dejando atrás el arrume de discos de acetato que se perdía hacia el techo infinito de su sueño. Caminaba sobre el piso de tierra anaranjada mirando como todo se movía a su alrededor, las cabezas pequeñas que pasaban inquietas incluso por entre sus piernas, para alejarse tras de sí revueltas en remolinos de colores. El sol atrevido de la media mañana se juntaba con un alborotado viento que incluso en su sueño podía sentir sobre la piel. Al costado izquierdo del sendero, un lago con cisnes de cuello largo le recordaban los sonidos de Chaikovski. Cuando llegaba a la grama verde de la cancha de fútbol, se detenía para ver la pelota brincar y luego sumergirse de nuevo perseguida por varios pequeños de pantaloneta azul y ojos brillantes. Subía la ladera mirando la montaña que era magnífica y serena como él. A cada paso en ascenso, veía búfalos pastando y pájaros inmensos que sobrevolaban casi a la altura de su pelo cano.
Al llegar arriba, respiraba y levantaba la frente hacia un edificio blanco y alto, con tres puertas rojas y tres balcones. Entonces, asomaba la cabeza por la primera puerta, y veía un centenar de girasoles sentados en pupitres de madera, mirando cuidadosos una pared negra con dibujos en tiza de color. Y desde allí empezaba a descender en su camino de regreso, pasando por la torre de la campana hasta volver al punto de partida donde se sentaba satisfecho.

Publicado en la revista literaria El Campanario
Noviembre de 2016



miércoles, 2 de marzo de 2016

El Cabello de Berenice

Berenice es una mujer que tiene el cabello ondulado, largo y claro. 

Muy claro. Muy muy claro. Exageradamente claro. Tan claro que es casi blanco. De hecho Berenice tiene el cabello blanco.

No, el cabello de Berenice es aún mas claro. Más claro que el blanco. Es transparente. Incluso es más claro que el transparente, porque el transparente como el cristal, refleja algunos visos con la luz de la tarde. El cabello de Berenice es todavía más claro. Es invisible.

Algunas personas que la ven por la calle creen que es calva, y se ríen a lo lejos. Pero a Berenice no le importa y continúa con su andar acompasado, que hace que los invisibles mechones se ondeen caprichosos al viento con cada paso.


jueves, 11 de junio de 2015

Gente de Bien me hizo sentir incómodo (Nicolás Cuervo)

En su última película Franco Lolli nos presenta personajes reales. Y eso a los espectadores, nos incomoda. Nos da rasquiña.


Nos muestra una historia sin vertiginosos periplos, sin héroes ni grandes cambios de fortuna. Nos muestra una historia elemental, limpia, sin arandelas ni adornos. Una película apoyada en la impecable dirección de actores y la actuación excelente, sin pretensiones. 
Los personajes de Gente de Bien son tan cercanos que nos enternecen y nos hacen sentir cariño, pero también vergüenza de nosotros mismos, de ser pobres que odian a ricos y ricos que odian a pobres.

Ya Víctor Gaviria había hecho un gran trabajo contando historias de cotidianidades reales, de espacios y seres tangibles, pero en Medellín. No hablemos pendejadas, yo nací en Bogotá y jamás había visto unos bogotanos tan bien contados: tan fríos y rabiosos, tan solapados y tan despiadados que parecen de verdad.

Hoy en el cine vi un relato sublime. Y allí, una triste ciudad partida en dos pedazos que se tienen miedo y rabia uno a otro porque no se conocen, porque desde pequeños aprendieron a perpetuar la diferencia, a pelar los colmillos cuando se les acercan. Una Bogotá con una raja por la mitad que queremos meter bajo la alfombra, pero que cuando nos sentamos frente a la pantalla se revela tan nítida y profunda que los espectadores se mueven incómodos en su silla, y carraspean sin saber si reírse del humor delicado y natural de la historia, o esconder la cara entre las manos y salir rápido de la sala a coger un taxi sin que nadie los vea.




jueves, 14 de mayo de 2015

Instrucciones para bautizar un hijo en 2015

Es claro que asistimos por estos días a la verdadera revolución de lo vintage. Podemos hallar en las corrientes estéticas de los jóvenes de nuestra generación (década de los 80’s que todavía, pero no por mucho tiempo, serán considerados jóvenes) un sinnúmero de tendencias orientadas hacia lo antiguo y hacia la reivindicación de lo que hace unos años podía ser anticuado, pero ahora es de última moda. Por estos tiempos arrebatados en que las corrientes lo permean todo con suma facilidad, he notado que la encantadora tradición de nombrar a los hijos, está siendo arrastrada por esta ola tremebunda que amenaza con convertir a todos los muchachitos en la vanguardia nominal del futuro.
El acercamiento pedagógico a los niños nacidos desde mitad de la década de los 90 hacia acá, me ha permitido notar que la mayoría de ellos se llaman “Martín” o “Tomás”, y la mayoría de ellas se llaman “Antonia” o “Amanda”.
Tal parece que está muy en boga buscar una delicada hibridación en los nombres, que no permita descifrar al leerlo, si se está hablando de una niña de 5 años o una mujer de 58 o 60. Así, encontramos con facilidad “Matildes” y “Jacobos” mucho más que las “Ana Marías”, “Lauras”, “Dianas” y “Natalias” que invadieron nuestra época.
Si no lo tiene claro, este breve instructivo lo puede llevar a hallar un nombre ideal si está pensando en engendrar en esta época, en la que, dicho sea de paso, estar fuera de la vanguardia podría ser un perfecto sacrilegio.
  1.    Empiece por hallar un nombre con el que haya sido bautizado alguien de una o dos generaciones anteriores a la suya. Una tía abuela o algún viejo amigo de la familia puede prestarse bastante bien para el experimento. (Tenga en cuenta que debe haber nacido antes de 1950). En esta categoría encontramos Jeremías, Emmas, Jerónimos, Agustinas, Benjamines, Amelias, Joaquines y otros de su orden. 
  2.    Si el fruto de su amor es un varón, ubique un nombre femenino y transfigúrelo al género que se requiere: de este modo Eugenia se convierte en Eugenio, bastante funcional para lo que queremos, y asimismo Víctor se convierte en Victoria que también surte un efecto muy favorable para objeto de nuestra búsqueda. De esta misma manera, construimos el muy innovador Antonia, el imponente Francisca y el muy exquisito Valentín.           *En este apartado, casos como Emilio y EmiliaLuciano y LucianaSimón y SimonaSalomón y SaloméMartín y Martina, permiten una doble connotación igualmente válida y atractiva.
  3.    Olvide por completo y para siempre, la vulgar costumbre de combinar dos nombres: Ni se le ocurra pensar en Juan Sebastián o Andrés Felipe, que eso está ya mandado a recoger. Con Isabel o Matías a secas, es mucho más que suficiente.
  4.    Por último, tenga en cuenta su círculo social más cercano. Un elemento fundamental de la vanguardia estilística, consiste en ser sui generis (único en su género). De modo que si su prima o alguno de sus amigos del colegio ya bautizó Gabriel a su retoño, mejor opte por Irene, así (por obvias razones), no cargará con el pesado lastre de criar un hijo mainstream