En Perros encontré sordidez y silencio.
Las paredes mohosas y corroídas de la cárcel, son el entorno constante
de una historia que con ayuda de Gerardo Pinzón y Herbert Pinto, se inventó
Harold Trompetero para construir la que es hasta ahora, su película más cruda:
Perros, El drama de un personaje solo y arrinconado.
El bipolar.
Trompetero es un tipo que se ríe a carcajadas duras y estrepitosas,
que retumban en los espacios que habita. Desde lejos se puede saber cuando anda
por ahí. Con su cine pasa lo mismo, sus películas no pasan de agache y siempre
hay algo que rasguña desde la pantalla hasta hacerse escuchar por una u otra
razón. Es usual pensar en el cine de Trompetero como un cine cómico y popular,
cine de veinticinco de diciembre, ligero, elemental. Incluso el término comedia
barata aparece con cierta frecuencia entre los apelativos empleados por la
crítica para hablar de sus películas. Por un lado este bogotano está habituado
a eso, y por otro lado, el director y guionista cuenta con dos facetas tan
distantes como legítimas: un Trompetero que hace comedias familiares de éxito
taquillero, y otro que hurga por dentro de personajes abandonados, que viven
raspando los extramuros de la cordura. Trompetero dice entre carcajadas que es
“el bipolar del cine colombiano”, que tiene doble personalidad igual que sus
historias. Con unas busca entretener a miles de colombianos clase media, con
las otras intenta estremecer a otros cuantos que se le miden a enfrentar
universos de desconsuelo, porque este drama no tiene un final feliz.
La perrera de la sordidez.
Perros inicia con la reclusión de Misael (Jhon Leguízamo) en el penal
de un pueblo de Colombia, trae un homicidio sobre los hombros y la sensación de
sangre todavía entre las manos. Es un tipo silencioso que se estrella de frente
con la frialdad de la cárcel; por sus habitantes, por sus baldosas heladas, por
las botas punteras de los guardias masajeándole la piel de la cara. Es una
historia cruda y pausada, que lleva el ritmo cadencioso de la vida en el
encierro, con sus tiempos muertos, con sus movimientos cautos de perro
desconfiado y sus silencios estremecedores.
Cuando empecé a descubrir en la pantalla esa perrera infecta que es la
prisión, no pude evitar pensar en Locos, el último drama que dirigió
Harold Trompetero hace 6 años, justo antes de abandonarse a un largo periodo de
comedia familiar, mientras también estudiaba la Maestría en Escrituras
Creativas de la Universidad Nacional, y desarrollaba la investigación de esta
historia visceral. A la larga, Locos y Perros son dos relatos de
amor frustrado: en la primera un hombre se enamora de una mujer demente y la
ama con uñas y dientes hasta perder la cordura. En esta última, Misael
encuentra el amor en “Sarna” una perra chandosa que también está allí
atrapada, la única capaz de darle calor en las noches frías del penal. El
encierro, los personajes perturbados, el silencio y la sordidez, componen la
unidad estética que se convierte en el sello ya visible de Trompetero para su
lado dramático, para él Perros surge como una consecuencia inevitable de
Locos.
Con una fotografía de detalles repulsivos y baja saturación, que nos
recuerda que en la cárcel no hay matices alegres ni momentos cálidos, Perros
es una película que gruñe, que pela el colmillo y que ladra a los espectadores.
La música incidental y el sonido directo están allí para acentuar el sofoco y
generar incomodidad en el espacio. Al fondo escuchamos las rejas de las celdas
chirriar de vez en cuando, sentimos de cerca los lamidos babosos de Sarna, la
perra que acompaña a Misael en su soledad; y los largos periodos sin diálogo
confirman el aislamiento de cada uno de los personajes que malviven pudriéndose
en la perrera.
Animales que muerden con puñal.
En la cárcel se negocia con plata. Cuando no hay, cualquier prenda
sirve como moneda de turno: los zapatos, una cobija para la noche helada, en
últimas poder llamar por celular un minuto a casa, justifica arrancarse un
diente de oro con un alicate para cerrar el trato. Ramiro Meneses encarna con
firmeza un personaje rudo y hostil que ronda entre esos muros y tal como en las
manadas de perros callejeros, cuando algo se sale de su cauce, se ven los
colmillos clavándose en el cuero sin contemplaciones. La crudeza de la sangre
oscura y espesa en las pieles hace que la película avance con un ritmo pausado
pero amenazante, como cuando los perros levantan un labio y enseñan los
colmillos desde lejos.
Desde la celda, Misael se aferra al recuerdo de su hijo y su mujer
(María Nela Sinisterra); y la boca espumeante de la prisión cada vez lo agarra
con más rabia. Poco a poco se va quedando solo, su hijo lo olvida, se lo van
tragando las rejas sin piedad, y el Sargento Cáceres (Álvaro Rodríguez),
comandante de la guardia del penal, empieza un acercamiento que lo arrincona
por completo: el perro más fuerte del lugar quiere darle una mordida de
dominación y rudo amor homosexual.
Sumergido en ese clima de oscuridad y ante el olvido ineluctable,
Misael aprende a defenderse a dentelladas como los perros, a punta de puñaladas
y movimientos desafiantes, demostrando que también es un chandoso. Hace tiempo,
mientras veía un par de perros callejeros copular junto a una esquina, me
preguntaba cómo funciona el romance entre los caninos: en efecto no les
interesa cuál es el sexo cuando se trata de amar con pasión. La escena de
acercamiento entre Cáceres y Misael (que arrancó alteradas exclamaciones de
algunos espectadores en la sala), no es más que el encuentro entre un par de
animales solitarios que ya no volverán a ver la luz ni a sentir el amor.
El miedo del perro callejero es el que reina en la cárcel. La sordidez del espacio y de los personajes, es el putrefacto caldo de cultivo de esta historia que muestra sin frenos la rabia y la dureza del amor en el encierro. Misael jamás volvió a salir de allí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario