Berenice es una mujer que tiene el cabello ondulado, largo y claro.
Muy claro. Muy muy claro. Exageradamente claro. Tan claro que es casi blanco. De hecho Berenice tiene el cabello blanco.
No, el cabello de Berenice es aún mas claro. Más claro que el blanco. Es transparente. Incluso es más claro que el transparente, porque el transparente como el cristal, refleja algunos visos con la luz de la tarde. El cabello de Berenice es todavía más claro. Es invisible.
Algunas personas que la ven por la calle creen que es calva, y se ríen a lo lejos. Pero a Berenice no le importa y continúa con su andar acompasado, que hace que los invisibles mechones se ondeen caprichosos al viento con cada paso.
Cine, narrativas, ficciones, relatos, y otras oscuras putrefacciones de la imaginación.
miércoles, 2 de marzo de 2016
jueves, 11 de junio de 2015
Gente de Bien me hizo sentir incómodo (Nicolás Cuervo)
En su última película Franco Lolli nos presenta personajes reales. Y eso a los espectadores, nos incomoda. Nos da rasquiña.
Nos muestra una historia sin vertiginosos periplos, sin héroes ni grandes cambios de fortuna. Nos muestra una historia elemental, limpia, sin arandelas ni adornos. Una película apoyada en la impecable dirección de actores y la actuación excelente, sin pretensiones.
Los personajes de Gente de Bien son tan cercanos que nos enternecen y nos hacen sentir cariño, pero también vergüenza de nosotros mismos, de ser pobres que odian a ricos y ricos que odian a pobres.
Ya Víctor Gaviria había hecho un gran trabajo contando historias de cotidianidades reales, de espacios y seres tangibles, pero en Medellín. No hablemos pendejadas, yo nací en Bogotá y jamás había visto unos bogotanos tan bien contados: tan fríos y rabiosos, tan solapados y tan despiadados que parecen de verdad.
Hoy en el cine vi un relato sublime. Y allí, una triste ciudad partida en dos pedazos que se tienen miedo y rabia uno a otro porque no se conocen, porque desde pequeños aprendieron a perpetuar la diferencia, a pelar los colmillos cuando se les acercan. Una Bogotá con una raja por la mitad que queremos meter bajo la alfombra, pero que cuando nos sentamos frente a la pantalla se revela tan nítida y profunda que los espectadores se mueven incómodos en su silla, y carraspean sin saber si reírse del humor delicado y natural de la historia, o esconder la cara entre las manos y salir rápido de la sala a coger un taxi sin que nadie los vea.
jueves, 14 de mayo de 2015
Instrucciones para bautizar un hijo en 2015
Es claro que asistimos por estos días a la verdadera revolución de lo vintage. Podemos hallar en las corrientes estéticas de los jóvenes de nuestra generación (década de los 80’s que todavía, pero no por mucho tiempo, serán considerados jóvenes) un sinnúmero de tendencias orientadas hacia lo antiguo y hacia la reivindicación de lo que hace unos años podía ser anticuado, pero ahora es de última moda. Por estos tiempos arrebatados en que las corrientes lo permean todo con suma facilidad, he notado que la encantadora tradición de nombrar a los hijos, está siendo arrastrada por esta ola tremebunda que amenaza con convertir a todos los muchachitos en la vanguardia nominal del futuro.
El acercamiento pedagógico a los niños nacidos desde mitad de la década de los 90 hacia acá, me ha permitido notar que la mayoría de ellos se llaman “Martín” o “Tomás”, y la mayoría de ellas se llaman “Antonia” o “Amanda”.
Tal parece que está muy en boga buscar una delicada hibridación en los nombres, que no permita descifrar al leerlo, si se está hablando de una niña de 5 años o una mujer de 58 o 60. Así, encontramos con facilidad “Matildes” y “Jacobos” mucho más que las “Ana Marías”, “Lauras”, “Dianas” y “Natalias” que invadieron nuestra época.
Si no lo tiene claro, este breve instructivo lo puede llevar a hallar un nombre ideal si está pensando en engendrar en esta época, en la que, dicho sea de paso, estar fuera de la vanguardia podría ser un perfecto sacrilegio.
- Empiece por hallar un nombre con el que haya sido bautizado alguien de una o dos generaciones anteriores a la suya. Una tía abuela o algún viejo amigo de la familia puede prestarse bastante bien para el experimento. (Tenga en cuenta que debe haber nacido antes de 1950). En esta categoría encontramos Jeremías, Emmas, Jerónimos, Agustinas, Benjamines, Amelias, Joaquines y otros de su orden.
- Si el fruto de su amor es un varón, ubique un nombre femenino y transfigúrelo al género que se requiere: de este modo Eugenia se convierte en Eugenio, bastante funcional para lo que queremos, y asimismo Víctor se convierte en Victoria que también surte un efecto muy favorable para objeto de nuestra búsqueda. De esta misma manera, construimos el muy innovador Antonia, el imponente Francisca y el muy exquisito Valentín. *En este apartado, casos como Emilio y Emilia, Luciano y Luciana, Simón y Simona, Salomón y Salomé, Martín y Martina, permiten una doble connotación igualmente válida y atractiva.
- Olvide por completo y para siempre, la vulgar costumbre de combinar dos nombres: Ni se le ocurra pensar en Juan Sebastián o Andrés Felipe, que eso está ya mandado a recoger. Con Isabel o Matías a secas, es mucho más que suficiente.
- Por último, tenga en cuenta su círculo social más cercano. Un elemento fundamental de la vanguardia estilística, consiste en ser sui generis (único en su género). De modo que si su prima o alguno de sus amigos del colegio ya bautizó Gabriel a su retoño, mejor opte por Irene, así (por obvias razones), no cargará con el pesado lastre de criar un hijo mainstream.
lunes, 13 de abril de 2015
Contratiempo
Para ser un
miércoles, la mañana no había empezado tan fría, sin embargo soplaba una
ventisca que se podía colar por entre una rendija de la ventana. Era más bien un hueco que ya se creía rendija de tanto tiempo que había estado
allí: una brecha amplia sobre el vidrio, con una forma que delataba el golpe contundente hace varios años. La ventana tenía un marco de
aluminio oxidado en los bordes, como si las gotas de lluvia hubieran entrado
con frecuencia a corroer el metal y a pasar un rato para resguardarse de la
tormenta. Allí en los bordes, el plateado y el marrón hacían un contraste
sórdido y decadente. Ya era tarde para que alguien llegara a la clase de
gramática, había corrido casi una hora desde la llegada del profesor, la puerta
de madera astillada permanecía cerrada e inerte.
De pronto se
oyó crujir la madera, un golpeteo ligero y constante irrumpió la charla sobre
la adjetivación correcta, el profesor negó con la cabeza y continuó con la
cátedra. Caminaba de un lado a otro del proscenio al charlar, pisando primero
talón luego punta sobre el tramado rojizo de cuadros en el suelo de placa
cerámica. Tenía unos zapatos brillantes de charol negro que chocaba fuerte con
los cordones blancos y con la charla sobre la lengua de los conquistadores. De
pronto, el golpeteo regresó insistente, era un sonido débil, esta vez más lento
y desganado.
-Ya es tarde,
¡regrese la próxima semana!- gritó el profesor.
Silencio.
La clase permaneció expectante pues había quedado en punta, encerrado en la boca enmudecida del profesor, el misterio de la puntuación en citas textuales. El golpeteo apareció de nuevo, más sutil, casi imperceptible. Airado y con el ceño fruncido, el profesor caminó hasta la puerta, primero talón luego punta sobre el tramado rojo del suelo cerámico. Abrió con un crujir de madera envejecida y allí estaba Carrizo, sostenido en pie con dificultad y recostado sobre el marco enmohecido. Tenía un brazo, el otro no, la media manga rasgada de la camisa estaba impregnada en sangre púrpura y goteaba resignada. Desde la mitad del antebrazo derecho, un muñón en carne viva delataba la ausencia de su extremidad. La espera había generado un charco brillante de sangre aún caliente en el suelo, que ya en aquel punto, por ser fuera del salón, no era un tramado rojo de piso cerámico. Los ojos entrecerrados de Carrizo se elevaron y mostró un semblante pálido de mareo como antecediendo un desmayo.
La clase permaneció expectante pues había quedado en punta, encerrado en la boca enmudecida del profesor, el misterio de la puntuación en citas textuales. El golpeteo apareció de nuevo, más sutil, casi imperceptible. Airado y con el ceño fruncido, el profesor caminó hasta la puerta, primero talón luego punta sobre el tramado rojo del suelo cerámico. Abrió con un crujir de madera envejecida y allí estaba Carrizo, sostenido en pie con dificultad y recostado sobre el marco enmohecido. Tenía un brazo, el otro no, la media manga rasgada de la camisa estaba impregnada en sangre púrpura y goteaba resignada. Desde la mitad del antebrazo derecho, un muñón en carne viva delataba la ausencia de su extremidad. La espera había generado un charco brillante de sangre aún caliente en el suelo, que ya en aquel punto, por ser fuera del salón, no era un tramado rojo de piso cerámico. Los ojos entrecerrados de Carrizo se elevaron y mostró un semblante pálido de mareo como antecediendo un desmayo.
-Disculpe que
llegue tarde profesor- dijo con voz entrecortada -tuve un contratiempo-.
Nicolás Cuervo Rincón
jueves, 27 de marzo de 2014
LA REIVINDICACIÓN DEL PASTOR
El pastor es un rapsoda vapuleado, es un histrión pisoteado, un poeta subestimado y un potencial dramaturgo castigado por la infame incredulidad de un pueblo mendigo y despiadado.
Es cierto que el pastor no trae ningún mensaje del mesías, ni conoce el camino directo a la salvación celestial, es cierto que el pastor profesa fantasiosas ficciones de su delirio mercantil, y que cobra su show con desmesura...
Pero es un actor, y el actor debe ser reivindicado: el pastor es simplemente, el mejor pagado de los actores.
No es un estafador, no, ni un pícaro. Él cobra su puesta en escena, su sacrificio en las tablas, las horas invertidas en su entrenamiento: interminables jornadas parado frente a un espejo, intentando plasmar en su rostro la verosimilitud de un carácter, interiorizando su personaje, escribiendo textos contundentes para sustentar su monería, escogiendo las mejores palabras para construir su comedia.
No se le subestime, páguesele el diezmo. Que la farsa, decían los griegos, también es un arte.
Es cierto que el pastor no trae ningún mensaje del mesías, ni conoce el camino directo a la salvación celestial, es cierto que el pastor profesa fantasiosas ficciones de su delirio mercantil, y que cobra su show con desmesura...
Pero es un actor, y el actor debe ser reivindicado: el pastor es simplemente, el mejor pagado de los actores.No es un estafador, no, ni un pícaro. Él cobra su puesta en escena, su sacrificio en las tablas, las horas invertidas en su entrenamiento: interminables jornadas parado frente a un espejo, intentando plasmar en su rostro la verosimilitud de un carácter, interiorizando su personaje, escribiendo textos contundentes para sustentar su monería, escogiendo las mejores palabras para construir su comedia.
No se le subestime, páguesele el diezmo. Que la farsa, decían los griegos, también es un arte.
lunes, 3 de febrero de 2014
El Emperador Pacifista
(Cuento Ganador del 7º Concurso Nacional de Cuento RCN y Ministerio de Educación Nacional 2013.)
Un emperador pacifista enlistó en su ejército a los hombres con la peor puntería del reino, con el fin de lanzarse a la guerra, no causar ninguna muerte, y así lograr la paz entre los países.
Cuando llegó la primera gran batalla, las huestes del emperador
pacifista partieron de su campamento militar armadas de arietes de asedio,
ballestas, catapultas, arcos y flechas destinadas a no dar en el blanco.
Cientos de hombres torpes, débiles e incompetentes, que como estrategia de ataque
iban a disparar a los cuerpos, pero de seguro, no iban a impactar a ningún
soldado enemigo.
La infantería rival ya estaba en posición. Una horda de bravíos y
valerosos guerreros con armaduras forjadas para soportar las más arduas peleas.
Eran fornidos mercenarios enfilados junto a la montaña, sus formaciones
defensivas eran rígidas y sus tiradores certeros y resistentes.
Las fuerzas del emperador pacifista llegaron, se ubicaron, e
inmediatamente empezaron a disparar. Las flechas saltaban hacia arriba o hacia
atrás, las puntas de piedra encendidas en llamas se clavaban en los árboles o
chocaban contra las rocas en el camino, las lanzas daban simpáticas volteretas
en el aire, los disparos de catapulta se iban al cielo y los proyectiles
llegaban con dificultad a unos pocos metros de estos hombres que esforzándose
con valentía, no lograban atinar siquiera cerca de sus rivales. El adalid,
pacífico y orgulloso, sonreía desde su caballo.
Los enemigos, al ver tan ridículo espectáculo bajaron sus armas y
desconcertados se miraban unos a otros sin lograr explicarse lo que sucedía con
aquel ejército de frustrados guerreros. Unos empezaron a reír, y pronto todos los
hombres de la infantería rival estaban sentados en el suelo con la barriga
entre las manos y carcajeándose de la irónica situación que sus ojos encharcados
por la risa, presenciaban en el campo de batalla.
Al cabo de un rato de risotadas, el comandante enemigo se incorporó, se
secó las lágrimas, frunció el ceño y dio la orden de ataque.
En doce minutos los liquidaron a todos, incluyendo al emperador
pacifista que por un momento, creyó haber logrado su objetivo.
| Ilustración: Carolina González |
Nicolás Cuervo®
lunes, 15 de julio de 2013
La condenada pantalla.
Sentada en la mesita de su cocina en algún lugar del mundo,
una mujer decide ver una película. Mira por la ventana y ve que afuera llueve.
Se sienta frente a su computadora, revisa rápidamente un listado de sus directores
favoritos y hace un par de clicks que la conducen a un portal gratuito de
películas en línea. Cuatro minutos después, esta misma mujer se encuentra viendo
un estreno exclusivo en una sala de cine, con pantalla más pequeña, pero donde
nadie tose, no debe pagar boleto de entrada, le permiten beber whiskey y puede
levantarse al baño cada vez que le da la gana.
Teníamos también, hace sólo un par de décadas, el cine
encerrado en casa. Caminábamos con mi prima Ana hasta una videotienda pequeña que
quedaba a una cuadra de distancia, y alquilábamos una cajita rectangular que
escogíamos deslumbrados entre una abundante variedad: 80 o 100 títulos en
Betamax y VHS, entre algunos
Luego mi tía nos compraba un paquete de maíz pira para el microondas y
regresábamos para sentarnos durante dos horas inmóviles frente a la pantalla a
ver Freddy Krueger o Aladino y la lámpara maravillosa. Antes de ello, con los
formatos aficionados de 8 y 16 milímetros, se podía tener una película en
celuloide y proyectarla en la sala de la casa, pero estas no eran piezas de
fácil consecución, o al menos no estaban a un click de distancia.
Por estos días, se abalanza sobre nosotros con las fauces
amenazantes, una inaudita y desenfrenada transformación en la forma de ver el
cine, y por tanto en su público, en su modelo de producción, y en sus alcances.
Yo siempre me resistí a pensar que las nuevas tecnologías y los dispositivos
móviles podrían convertir las casas en pequeñas salas de cine equipadas para
recibir cualquier filme de última generación, pero caminando ensimismado y con
las manos en los bolsillos, me preguntaba si en verdad, el cine de pantalla
gigante está condenado a la extinción.
Durante los últimos años me convertí en un acérrimo detractor
de quienes no van a las salas, porque las tienen en sus pantallas portátiles de
alta definición, en las sillas de sus automóviles o en los televisores de sus habitaciones;
y defendía con garras y dentelladas una idea implacable: El cine está creado
para ser visto en salas de cine, en pantalla gigante y con sonido abrazador, es
un espectáculo de masas que se apoya en algunos poderosos recursos visuales y
sonoros que las pequeñas pantallas de televisión con sus colores trocados y sus
limitados altoparlantes no podían tener.
(Silencio)
(…Pequeño suspiro melancólico)
!Pero si hoy, los novedosos equipos de sonido con sistema surround 5.1 han convertido muchas casas en salas que no mucho tendrían que envidiarle a un multiplex con tecnología de punta! ¡La altísima definición de las pantallas y las amplias colecciones fílmicas de la creciente red cibernética han alcanzado miles y miles de títulos y series en línea subtitulados en todos los idiomas!
Yo empiezo
a sentir miedo.
No develo el futuro con mis palabras, y quizá siembro más
inquietudes que certezas. Tampoco quiero saber qué pasará en algunos años con
las grandes proyecciones de cine; pero aún siento un fresco soplo de alivio
cuando acudo a una sala, me zambullo en mi silla y abro los ojos para que me
devore la pantalla gigante: una que muestra las historias en dimensiones tan
inmensas, que ni el más sofisticado de los televisores las podrá alcanzar
jamás.
Si algún día los mil demonios del tártaro deciden que la
proyección sobre la gran pantalla se extinga como los dinosaurios o las
discotiendas, le contaremos a los chicuelos que el cine era como el display
táctil de sus smartphones, pero sin lo táctil, con 9 metros de altura y con
infinitos relatos deslumbrantes.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





